domingo, 20 de mayo de 2007

Aproximación a los gigantes de la Cordillera Cantábrica

(o cómo apurar al máximo la temporada)


Freeride en San Glorio el 19-5-2007


Para llegar al valle desde donde se alzan los gigantescos picos Lomas (2430) y Cuartas (2450) hay que tener unas piernas de acero y más moral que el Alcoyano o un 4x4 saltarín con el que recorrer los 9 kms de la empedrada y complicada pista que saliendo del Boquerón de Bobias y atravesando un paraje de ensueño habitado por rebecos, corzos, osos, lobos y demás fauna salvaje nos deja en uno de los pocos sitios de la península en donde a estas alturas del año aún queda nieve suficiente con la que apurar hasta el final la temporada de esquí.

Diez integrantes de la manada de Orcos sanisidreros, distribuidos en tres todoterrenos, acudimos el sábado 19 de Mayo a la cita programada desde el snownature para marcar bien marcado el terreno lindante a la ¿futura? estación de San Glorio con nuestras inconfundibles líneas, huellas y aroma. Acababa de amanecer cuando llegamos al punto en el que ya no había más pista.

Allí repartimos las pieles de foca, raquetas, crampones, piolets y demás parafernalia; unos por un lado, otros por otro, comenzamos la ascensión extasiados por la belleza del entorno y por las vistas de los Picos de Europa alzándose sobre una nube de niebla que parecía capaz de sostener al que se atreviese a lanzarse con los esquís encima de ella. Pero no era en la niebla donde íbamos a esquiar (eso lo dejamos para otro día… cuando ya no quede nieve); el plan era bajar el Lomas y el Cuartas y ni las huellas de osos ni la presencia de lo que parecía una pareja de lobos nos achicó a ninguno.

De los 10 Orcos que estábamos, 4 ya tenían experiencia (y mucha) en eso de subir a los montes foqueando pero los otros 6 (yo uno de ellos) sí bien llevamos años haciendo el cabra en la nieve nunca habíamos puesto pieles de foca en los esquís y ni siquiera utilizado otras raquetas que no fueran las de tenis o las de ping pong. Subir a pata tras la huella del pringao que fuera en cabeza era todo lo que sabíamos hacer para coronar las cimas, y lo más sofisticado que utilizábamos eran las cintas esas que se usan para llevar colgados los esquís dejando las manos libres para los bastones.

Así que fue toda una experiencia despellejar a las focas, pegar su piel bajo las tablas y soltar por primera vez el gancho de las ataduras para liberar el talón y poder trepar una cuesta yendo de un extremo a otro sin que la inercia te arrastre hacia abajo. Como era de esperar, hubo algún que otro problemilla: pieles que no se agarraban, otras demasiados estrechas; los de las raquetas cagándose en todo porque se les hundían y acabaron lanzándolas furiosos cuesta abajo, los que no llevaban ni lo uno ni lo otro atascados en el hielo y agarrados a piedras que a menudo se soltaban,… pero al final, el que no llegó arriba del todo, llegó por lo menos a la mitad.

Yo tuve un fastidioso percance cuando, al ir ganando grados de inclinación el ascenso al Lomas, descubrí que lo de girar de un lado al otro en las esquinas del zigzag requería una técnica y conocimientos de los que carezco. Ponía un esquí mirando a un lado, pero al intentar cambiar el otro me atoré entre los bastones con las piernas cruzadas y acabé dándome un mamporro pistonudo (fuerapistonudo), con los esquís trabados, sólo amarrado a ellos por las puntas de la atadura y una desconocida sensación de inestabilidad al no tener contacto del pie en la tabla. Casi media hora tardé en enderezarme ante lo cual decidí que mejor bajaba lo que tenía subido no fuera a rodarlo todo en otro desliz.

Otros fueron más bravos y cuando las focas se soltaron o las raquetas se hundieron recurrieron al viejo método de San Fernando con los esquís al hombro de forma que en las laderas de los gigantescos Lomas y Cuartas ayer quedaron un montón de huellas de orco entremezcladas con las de los rebecos, lobos y osos que despavoridos huían cuando el viento les llevaba el olor de la manada del snownature.

Luego comimos el rebeco que cazó Vegarada acompañado por la rica sidra de Chova, nos despedimos hasta la próxima y regresamos cada uno a su cueva dispuestos a seguir luchando para estirar al límite la duración de la temporada blanca.


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